Robert Capa decía “si tus fotos no son buenas, es porque no estabas lo suficientemente cerca”. Y con esa frase en mente, me vestí de fotógrafo alistando mi equipo y salí. Mi destino fue el campo de batalla, de donde esperaba volver con capturas del dramatismo de la lucha encarnizada. De los cuerpos contra los cuerpos. Del sudor ignorado. Del placer propio que encuentra su lugar en el sufrimiento ajeno.  No viaje a Medio Oriente. Me tome el subte hasta Palermo.

Almohadonero Anonimo Herido de Muerte. Homenaje a Capa.

En el campo de batalla me encontré con todo tipo de soldados. Incluso, encontré un par de mercaderes, intentando aprovechar la miseria de la guerra en su propio beneficio. Beneficio que no dura mucho en sus bolsas y aun menos en sus corazones.


Como debe ser en todas las batallas libradas por los hombres y para los hombres, la calma previa a la lucha fue interminable. Los ojos se movían buscando aliados entre los enemigos y traiciones entre los aliados. Pensé “esto va a ser interesante”. No me equivoque.

Comenzó como todas las batallas, sin aviso. Algún contendiente, cargado de adrenalina, lanzo el primer golpe. Y de la nada, comenzaron los gritos. El movimiento a mí alrededor me tomo por sorpresa. Gente que no había visto salió por entre los árboles y corrió a mi lado. Algunos gritaron por su amada Esparta. Otros simplemente gritaron de dolor. Lo más extraño es que todos rieron por placer.


La gente se agolpo, armas en mano. Respire profundo, enrosqué la correa de la cámara en mi brazo, mire por el objetivo con ambos ojos abiertos… y avance hacia la batalla. Mi única arma fue mi cámara. Y mi única defensa fueron mis reflejos. El polvo que se levanto con el movimiento de la gente me inundo las narices, se pego a mis lentes y a los de mi cámara. Por un momento se dificulto decidir hacia dónde ir. Pero fuerte soy con La Fuerza, que me guio por el campo de batalla.


Esquivando embates por todos los flancos, me encontré espalda con espalda con otros que habían ido a hacer lo mismo que yo. Hermanos en armas, distintas a las de los contendientes. Contendientes que no nos ignoraban. Nos respetaron, pero no nos ignoraron. Y vi a un hermano caer por accidente, con un golpe perdido que no era para él.


La lucha fue interminable, solo encontrando un final cuando las armas se vieron deshechas en el campo de batalla y los contendientes no tenían forma de seguir luchando. De seguir riendo. De seguir justificando el sudor propio con la humillación ajena, bajo los implacables rayos del Sol.


Mi cámara disparo 258 veces. 54 de esas imágenes tienen su lugar en internet para la posteridad. Para que las generaciones venideras aprendan de nuestros errores. Los invito a que las vean.


Aunque tengo la obligación moral de admitirlo. Muchos cuando pensamos en una Lucha de Almohadas, nos imaginamos esto.